lunes, 1 de noviembre de 2010

Triste ruge la tempestad

Triste ruge la tempestad
como si su alma hubiera despertado,
como si   con la realidad se hubiera topado
mientras soñaba con el otro lado de la mar
creyendo así poderlo tocar.

Gris fue siempre el color  al que su esencia arrumbar
sin pensar, sin mayor revelación que infinitos  espejos y vidas
vistos como  olas que  le mostraban su acierto permanente.
Enfados y golpes que de  su propio viento iniciados
las  elevaba hasta que en nívea  espuma  las sentía reventar
llenas por la gula de saberse poderosas anclas sobre su mente.

Miedo a alcanzar el deseo escondido al parecer perdido,
al que nunca había renunciado en cada uno de sus bramidos
hundido bajos  sus valles tras las eternas  crestas
 en la  gris  existencia propia de huracán contenido.

Miedo como el ancla que garrea consciente de su poder
verdadero envite, pura contradicción de su propio crédito
sin fondeo, perdido  en el inmenso mar  de los gigantes
luchando sin saber por qué, sin tener la razón y su alcance
pues sus luces  se hundieron en la sangre de un corazón sin pálpito.


Triste ruge la tempestad
devorando vientos de lealtad
sin encontrar el empuje de la verdad.
Triste  ruge esperando sin esperar.

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